Hay ley trans. O sobre cómo los pequeños pasos que damos se pueden dirigir hacia algún lugar

Iván Martínez Ortiz

Hace dos años y dos días conseguí cambiar mi DNI con la ley de 2007 y un empujoncito importante de Trànsit, el Servei de promoció de la salut de les persones trans de Catalunya (que durante mucho tiempo, hasta verse desbordades, fue un servicio de atención a las personas trans de todo el Estado). Era una pequeña victoria para mí, porque suponía dejar de tener que dar explicaciones al enseñar mi documentación, dejar de tener miedo por ello. Pero me dejó un sabor agridulce: sabía que muchas personas no podían ser reconocidas con esa ley. Conocía a personas que llevaban mucho tiempo esperando para ello, lidiando con las barreras legales y de la medicina disciplinaria que no les reconocía como productives, que devaluaba sus cuerpos.

Ayer se aprobó un nuevo proyecto de ley, después de mucho tiempo de sacrificio y lucha de muches. Se ha hecho a pesar de todos los impedimentos que han puesto posturas reaccionarias a las que se han adscrito desde el PSOE, pasando por aquellos materialistas vulgares (los que creen firmemente que “materialismo es cuando pene/vulva”) como son los rojipardos y obreristas, los fascistas de siempre y aquellas mujeres que señalan y acosan a personas trans porque dicen que reproducen los roles de género (por supuesto, ninguna de ellas se maquilla ni saca su ropa de una sección en la que pone “mujer” o realiza cualquier conducta feminizada) y que las borran, porque las demás nunca serán mujeres de verdad. Como dice Ursula K Le Guin: “«No tienes nada que perder, salvo tus cadenas», y aun así preferimos besarlas”.

Pero hemos llegado hasta aquí. Ayer, 22 de diciembre de 2022, el Congreso dio el visto bueno al “Proyecto de ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI”. Aquello que empezó llamándose Ley Trans, porque era lo que necesitábamos, pero recordemos que desde asociaciones como FELGTB o Chrysallis se le hizo la concesión de que no fuera así a los y las reaccionarias, se convirtió en una ley LGTBI que recoge algunas de las reclamaciones de las personas trans. No recoge muchas otras de las nuestras, también teniendo en cuenta que el entorno institucional es un marco que no permite llegar hasta donde queremos llegar nosotres, les que lo queremos todo. La Asociación Española Contra las Terapias de Conversión recoge en esta infografía algunas de esas reclamaciones que otros proyectos sí incluían pero fueron desestimadas, como la inclusión de las personas no binarias, las personas migrantes, les menores de 12 años, la despatologización de las personas intersexuales…. Adjuntamos aquí el enlace: 

Aun así, no hubiera sido suficiente, porque la autodeterminación que se pretende es incompatible con el modo de producción capitalista, que niega nuestra igualdad de ser devaluando nuestros cuerpos por características o conductas feminizadas, racializadas, que se consideren menos capaces que la norma o poco cuerdas… Está claro que queda mucho por luchar y reclamar. Sin embargo, quería permitirnos el lujo de alegrarnos por una vez, de considerar una mejora en la vida de otre de nosotres como una propia. Como dice Bruno Cimiano, de transpoesia, “tomarse como algo absolutamente propio, como radicalmente personal algo que le está pasando al otrx”. Este reconocimiento legal, en un sentido social, en otro sentido de parte de la hegemonía, es un paso hacia algún lugar. Puede ser un paso hacia la asimilación de ciertas disidencias de género binarias por la hegemonía capitalista, que siempre será en detrimento de otras personas, como los “cuerpos terroristas” de los que habla Gianfranco Rebucini utilizando el concepto de homonacionalismo de Jasbir Puar. Pero este mismo punto del camino también está más cerca de otro futuro, el futuro del que habla Holly Lewis cuando en La política de todes utiliza la expresión “elección colectiva de la autodeterminación individual”. Digo que está más cerca porque muchas personas ahora no reclaman que se perdone su “pecado” de nacer en un cuerpo equivocado, ahora reclaman su autodeterminación que, como hemos dicho antes, no se puede conseguir bajo el capitalismo.

En la nueva ley se produce un cambio en la concepción de la identidad sexo/género respecto a la legislación anterior. Ahora procedo a insertar un textito que escribí hace unos meses analizando este cambio:

***

La Ley 3/2007 permitía la rectificación a la mención registral al sexo en caso de acreditar, entre otros, “la existencia de disonancia entre el sexo morfológico o género fisiológico inicialmente inscrito y la identidad de género sentida” y que la persona “ha sido tratada médicamente durante al menos dos años para acomodar sus características físicas a las correspondientes al sexo reclamado”.

Fausto-Sterling utiliza el concepto acuñado por William Overton de “cosmovisión cartesiana-dividida-mecanicista” para referirse a esta concepción que separa el sexo del género. Así, se fija y reifica al segundo y se encuadra al primero en un binarismo que no se corresponde con la diversidad de combinaciones de cromosomas, genitales y formas de los cuerpos. Si bien esto puede suponer un avance respecto al determinismo biológico que niega la existencia de las disidencias de género, no se desliga de él porque considera una identidad sentida fija e innata a la que el cuerpo debe adaptarse para que sea reconocida por el resto de la sociedad. El cuerpo, que podría entenderse como “equivocado” según la narrativa expuesta por la Ley 3/2007, debe corregirse con hormonas asociadas al “sexo” que se ve como opuesto en la visión binarista. Fausto-Sterling explica en Cuerpos sexuados cómo esta asociación de la testosterona con la masculinidad y los estrógenos con la feminidad es, ante todo, sociocultural, ya que los diversos tipos de hormonas esteroides intervienen en el desarrollo de gran cantidad de órganos tanto en los individuos considerados machos como hembras. De esta forma, es la cosmovisión cartesiana  la que influye en las lecturas científicas de los hechos. Lo mires por donde lo mires, no hay un “sexo biológico” al que aferrarse: ni en hormonas, ni en genitales, ni en conducta.

En esta cosmovisión vemos un culto a la verdad de la naturaleza, separada de la cultura, a la que debemos adaptarnos. Lewontin, Rose y Kamin indican en No está en los genes el origen ideológico del dualismo en la coexistencia durante siglos entre religión y capitalismo, de lo que aún hoy día quedan elementos residuales:

(…) En los asuntos de los días hábiles permitía que los humanos fuesen tratados como meros mecanismos físicos, objetivados y susceptibles a la explotación sin incurrir en contradicción, mientras que los domingos el control ideológico podía ser reforzado mediante la afirmación de la inmortalidad y de la libre voluntad de un espíritu libre incorpóreo inmune a los traumas del mundo cotidiano a que su cuerpo había sido sometido. También hoy en día, el dualismo resurge continuamente, en varias y persistentes maneras, de las cenizas del más árido materialismo mecánico.

En cambio, la nueva ley desvincula las características físicas de la identidad de género, poniendo el foco en la idea de “autodeterminación”:

La propia identidad, dentro de la cual se inscriben aspectos como el nombre y el sexo, es una cualidad principal de la persona humana. Establecer la propia identidad no es un acto más de la persona, sino una decisión vital, en el sentido que coloca al sujeto en posición de poder desenvolver su propia personalidad. 

Según esto, establecer la identidad es una decisión. Esta idea de libre desarrollo podría encajar en lo que Smail designa como “voluntarismo mágico” y que Mark Fisher en Los fantasmas de mi vida presenta como la ideología dominante de nuestro contexto:

Desde hace algún tiempo, una de las tácticas más exitosas de la clase dominante ha sido la responsabilización. (…) Los individuos se culparán a sí mismos más que a las estructuras sociales, que en cualquier caso se les ha inducido a creer que en realidad no existen (…). Lo que Smail llama ‘voluntarismo mágico’, la creencia de que depende de cada cual llegar a ser lo que uno quiera, es la ideología dominante y la religión no oficial de la sociedad capitalista contemporánea (…). Es la otra cara de la depresión, cuya convicción subyacente es que todos somos los únicos responsables de nuestra propia miseria y que, en consecuencia, la merecemos.

La posibilidad de cambiar la mención al sexo en los documentos oficiales sin que se patologice o condicione el cuerpo de las personas trans es un paso adelante en su emancipación. Aún así, la concepción de “lo trans» que subyace al nuevo anteproyecto de ley es voluntarista y no se corresponde con los procesos por los cuales se constituyen las identidades. La ideología marca que el sujeto es libre de autodeterminarse, por lo que hay una idea de individuo en igualdad formal de condiciones que es plenamente responsable de su destino. Sobre esto, Elizabeth Duval explica en Después de lo trans las contradicciones del discurso con las relaciones interpersonales de dominación y explotación en nuestro mundo:

No hay una elección voluntarista que lleve a alguien a tomar con los brazos abiertos la rutina de sentirse en peligro volviendo a casa sola por calles estrechas, de saberse menospreciada y sexualizada, de ocupar un rol secundario, de florero o de cuota: si pudiera no ser mujer, no lo sería; resulta, por motivos que se me escapan, que yo no he escogido, que la única forma viable en la que soy capaz de imaginarme habitando en la sociedad en la que habito es en tanto que mujer, y que sería incapaz de levantarme de la cama si tuviera que vivir el resto de mis días como si fuera un hombre.

Si la identidad de género no está determinada por el “sexo”, que se asocia a la naturaleza, ni por un libre arbitrio enmarcado en lo cultural, ¿cómo se produce y reproduce? Para comprenderlo, debemos superar los dualismos. Se propone aquí el concepto de “embodiment” utilizado por Fausto-Sterling para explicar la construcción de la entidad y la identidad según la teoría de sistemas dinámicos.

Si nos remontamos a los orígenes de este tipo de explicación, encontramos la relación de ser vivo y medio descrita por Varela y Maturana en El árbol del conocimiento: “los cambios que resultan de la interacción entre ser vivo y medio son desencadenados por el agente perturbante y determinados por la estructura de lo perturbado”. Sin embargo, exponen también que la estructura de los seres vivos es dinámica: se están continuamente produciendo a sí mismos y se acoplan estructuralmente a diversos niveles. El ser humano tiene una cierta determinación estructural, pero su sistema nervioso con su plasticidad característica amplía en gran cantidad sus posibilidades, así como las cambian las perturbaciones que se dan en el cuerpo por la influencia del entorno (lo cual también funciona a la inversa: el ser vivo modifica su entorno al mismo tiempo).

En el estudio que hicieron Fausto-Sterling y otras investigadoras se aplica esto a la construcción del sexo/género observando las interacciones materno-filiales en los primeros meses de vida según el sexo/género. El trato diferenciado lleva a un desarrollo sensomotor diferente [1], que posiblemente condicione las preferencias que llevan a la acción. A su vez, la etiquetación de las conductas que se vuelven estables lleva al desarrollo de una identidad del mismo carácter. Varela y Maturana explican la estabilización de la identidad de la siguiente forma: “en la red de interacciones lingüísticas en que nos movemos, mantenemos una continua recursión descriptiva que llamamos «yo», que nos permite conservar nuestra coherencia operacional lingüística y nuestra adaptación en el dominio del lenguaje”. Esto permite el cambio de la autoidentificación por perturbaciones en el entorno, tanto de conductas como de significados asociados a los que tratamos como objetos del mundo.

Habiendo superado la dicotomía naturaleza-cultura, podemos proponer que las identidades de género disidentes se producen según el mismo proceso (embodiment) que las demás; pero las perturbaciones hacen que, en el dominio lingüístico [2], su acoplamiento estructural fracase y se reorganicen según otras formas conocidas para hacerlo. Explorar los procesos de ruptura y reacoplamiento estructural en las identidades es aún una tarea pendiente para conocernos mejor a nosotres mismes.

***

El concepto de autodeterminación que se maneja en la nueva ley es voluntarista y chocarnos con la realidad de que esta autodeterminación es insuficiente nos puede llevar a desear construir formas de vida en las que la autodeterminación se pueda experimentar verdaderamente, cosa que solo podemos hacer entre todes. Como hombre legalmente reconocido no me considero autodeterminado. Hay muchas cosas que rechazo, que no me gustaría proyectar, que no me gustaría ser. Verdaderamente creo que hoy estamos más cerca de liberarnos porque cuando la nueva ley entre en vigor se habrá eliminado el procedimiento absurdo que tuve que pasar yo de que te entreviste un juez por tener menos de 18 años y la necesidad de llevar informes patologizantes para que se te reconozca socialmente. Ni jueces, ni psiquiatras, ni psicólogues nos dirán quiénes somos. A partir de ahora la cuestión está en decidir si lo hará la hegemonía capitalista o si construiremos una cultura en común que suponga un terreno donde poder experimentarnos y desarrollar nuestra individualidad de la única forma en la que esto se puede hacer: dentro de lo colectivo, con apoyo mutuo y solidaridad. 

Gracias a todes les que nos habéis llevado hasta aquí, memoria para todes les que nos allanásteis el camino y no habéis podido ver hasta dónde hemos llegado. Os prometemos que seguiremos luchando hasta conseguirlo todo para todes: ese es el lugar al que se dirige cada pequeño paso que damos. 

***

[1] Fausto-Sterling pone el ejemplo de un caso de estudio en el que una criatura de catorce meses que se tropieza con su vestido al intentar subir a un camión se frustra y es incapaz de hacerlo, al igual que lo era de gatear a edades más tempranas por los mismos motivos. Estos movimientos sí eran posibles con otro tipo de ropa, por lo que ciertas habilidades se desarrollan o no según cómo los progenitores visten a los infantes, que tiene que ver a su vez con cómo leen su sexo/género. Además, el sentimiento de frustración causado puede hacer evitar esas conductas y dificultar aún más el desarrollo del aparato locomotor.

[2] Se entiende aquí “dominio lingüístico”, según la definición de Varela y Maturana, como “el dominio de las conductas lingüísticas del organismo”. La conducta lingüística se define como “conducta comunicativa ontogénica, es decir, una conducta que se da en un acoplamiento estructural ontogénico entre organismos, y que un observador puede describir en términos semánticos”. En otras palabras, podríamos entenderlo como un acoplamiento estructural de tercer orden o el ámbito de lo social.

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