La magia de la navidad, la maldición de la familia

Ira Hybris

La marca de whisky Justerini & Brooks (J&B) ha lanzado su campaña publicitaria navideña de la mano de She, un cortometraje protagonizado por una joven muchacha trans -interpretada por la artista no binaria Ella Di Amore- y su abuelo. El spot muestra a un (interpretamos) señor de avanzada edad aprendiendo de forma clandestina a maquillarse: aplicar la máscara de pestañas, difuminar la sombra de los ojos, pintar los labios y perfilar el arco de cupido. En una secuencia observamos como, tras esta instrucción furtiva y autodidacta, el protagonista ha logrado la caracterización de una queen (y está espectacular). Acto seguido vemos cómo, por navidad, llegan al pueblo varios miembros de la familia, entre los cuales se encuentra (interpretamos) su nieto, de quien se dice entre subtítulos que se llama Álvaro y tiene 26 años. Mientras se está preparando la cena de nochebuena, su abuelo invita a Álvaro a seguirle hasta el baño y, cómplice, cierra el pestillo. Entonces, el señor que habíamos visto aprender en secreto técnicas de maquillaje comienza a pintar los ojos y espolvorear colorete a su nieto, quien sonríe con brillo en los ojos. En el clímax del anuncio, el abuelo y su nieto salen del baño para entrar juntos al comedor, pero el primer plano de Álvaro es acompañado de un nuevo subtítulo: “Ana, 26 años”. En ese instante, su madre se apresura a abrazarla con ternura dejando que su mirada al abuelo delate agradecimiento y haciendo ver que la identidad escogida y reconocida por Ana será respetada y honrada por su familia. En una última escena, en la que puede leerse en pantalla “La magia no solo está en la navidad. También está en nosotros”, todes brindan con sus vasos de whisky J&B, concluyendo el spot con una preciosa y sincera sonrisa de Ana. El amor familiar, con la dosis precisa de magia navideña, todo lo puede. 

Me gustaría decir, en primer lugar, que el deseo de escribir este artículo me ha encontrado con lágrimas en los ojos. Creo que el spot es ciertamente muy bonito y emotivo, y es por ello por lo que, a su vez, nos encontramos ante un texto ideológico que nada tiene de inocente. Por ello, propongo que aprovechemos un anuncio navideño para reflexionar, en vísperas de la festividad más familista y cisheteronormativa, en torno a las vidas queer y ese amor consanguíneo que todo lo puede y que vuelve, a casa vuelve, por navidad. 

La navidad es uno de los momentos del año en los que más ficciones políticas se producen en torno al amor familiar. Hay algo mágico (fetichizado diríamos las marxistas) en estas fechas que permite que los miembros de una familia no elegida, los cuales no se han dirigido la palabra en todo el año, puedan reencontrarse bajo la luz del árbol y volver a descubrir el amor que siempre se han tenido. El espumillón, las guirnaldas y el turrón son el atrezzo perfecto para performar el papel de familia feliz. En verdad, el único hechizo navideño que está operando en esta postal es el de la reificación de las relaciones sociales capitalistas, y en particular de las formas en que se organiza la reproducción de la vida bajo este modo productivo. Así que, efectivamente, aquí estoy en calidad de Grinch cuirmunista para desnaturalizar la pastoral cisheteronormalizadora que llamamos Navidad. 

La emergencia del capitalismo reconfiguró todas las relaciones sociales previamente existentes para ponerlas al servicio de la racionalidad del nuevo modo de producción: la acumulación incesante de capital. Esto abrió una contradicción para la clase capitalista, pues -como expone Lise Vogel- la necesidad de mantener al mínimo el trabajo socialmente necesario tropieza con la necesidad de reproducción de la fuerza de trabajo. Esta contradicción viva entre la necesidad de acumulación de capital y de la reproducción de la fuerza de trabajo -capaz de producir dicho capital-, será la que determine las formas en que la clase trabajadora deberá cubrir los costos de la reproducción social del capitalismo, determinando así por tanto las formas de organización en torno a la familia y la rigidez de los mandatos de masculinidad y feminidad vigentes en cada momento histórico. A partir de la segunda revolución industrial, la forma principal (aunque no la única) de reproducción de la fuerza de trabajo es la que tiene lugar fuera de la relación salarial y en el seno de la familia nuclear monogámica. En “La lógica del género”, Maya Gonzalez y Jeanne Neton desarrollan cómo fue el proceso por el que se institucionalizó, a partir de las relaciones monogámicas ya existentes, la forma nuclear de familia y, con ella, la división de esferas de actividades sociales en base a las categorías binarias de “hombre” y “mujer”:

“La distribución de las responsabilidades familiares entre esposo y esposa se definió estrictamente a través de la separación de las esferas. Las actividades IMM -indirectamente mediadas por el mercado- que solían ser llevadas a cabo en conjunto con otras mujeres (como lavar la ropa) pasaron a ser la responsabilidad individual de una mujer adulta por hogar. La vida de la mujer casada llegó con frecuencia a estar totalmente confinada a la esfera IMM. Esta se convirtió en el destino de la mayoría de las mujeres y sus vidas enteras (incluyendo su personalidad, deseos, etc.) fueron moldeadas por este destino” […] Por lo tanto, fue con la familia nuclear (durante un periodo específico del capitalismo y, de forma importante, en un área específica del mundo) que el género se convirtió en un dualismo rígido que coincide perfectamente con las esferas.”

De esta suerte, podemos convenir que el binario de género moderno como lo conocemos tiene sus raíces en las relaciones de clase cristalizadas en la forma monogámica de familia, y en particular en la separación de esferas sociales que impuso su versión nuclear, históricamente específica al capitalismo. La paradoja del anuncio de J&B es que éste nos muestra el amor familiar como la fuerza -aparentemente- precapitalista que conduce a respetar la identidad de Ana. Sin embargo, la familia es la razón material de la asignación coercitiva de género en el capitalismo. La familia, -en palabras de Sophie Lewis- un chantaje disfrazado de destino, no es el amparo que posibilita que Ana sea tal y como desea ser, sino la institución económica que imposibilita esta libertad a muchas otras personas queer que no cuentan con su misma suerte. 

¿Qué hubiera sucedido si nadie hubiese apoyado a Ana esa nochebuena? ¿Y si su madre -probablemente atravesada por la culpa normativizadora que inflige la ideología de la maternidad- le hubiese arrebatado el pintalabios y le hubiese ordenado que se desmaquillara? ¿Y si, en vez de traspasar la puerta del baño, la expresión que Ana desea explorar hubiese quedado en esa casa siempre cerrada tras el pestillo? ¿Qué hubiese pasado si ella, como tantas personas queer, hubiese tenido que tomar la decisión de no regresar al hogar familiar por navidad? No podemos dejar que la magia descanse sobre una lotería genética. Cuando la feminista marxista Kathi Weeks dice que la familia es un mecanismo de privatización de los cuidados, una organización estructuralmente escasa de la capacidad de querernos, se refiere a que nuestra posibilidad de ser amades se reduce a la acción de un número muy limitado de personas. Esto quiere decir que son pocas las oportunidades de que aquellas personas con las que tenemos que convivir para subsistir sean personas que van a apoyarnos en nuestro ejercicio de libertad. No es tanto que sean mayores las probabilidades de tener unes adres intolerantes, pues es innegable que hay muchas personas que deciden criar niñes que van a hacer todo lo posible por acompañarles en los rumbos que tomen. El quid de la cuestión reside en que si la casualidad te ha llevado a tener que crecer en una familia que representa para ti un territorio de violencia, no hay más tiradas de los dados. Si deseas sobrevivir, deberás reprimir (o al menos aprender a ocultar) tus deseos desobedientes. Si deseas ser fiel a tus deseos, solo podrás marchar. Marchar del hogar implica abandonar la garantía de recibir cuidados, puede que encuentres una familia elegida, una red de otres expulsades donde apoyarte, pero también puede que eso no suceda, que tu cuerpo quede marcado como no cuidable. 

Y esto no opera únicamente en torno al personaje de Ana, sino también de su abuelo. Esta semana La Vanguardia publicaba el espeluznante dato de que la mitad de ancianos con teleasistencia llaman para hablar un rato y sentir compañía, para huir de la soledad. La ideología del amor es tan cruel que nos hace pensar que somos malos parientes por no poder cuidar, en medio de los ritmos del capital,  de las personas más dependientes de nuestro entorno. Son muchas las personas de clase trabajadora que no disponen del tiempo físico para cuidar a sus allegades conforme éstes pierden autonomía pero que, sin embargo, sentirían que les están fallando si les dejasen en una residencia para la tercera edad. Algunas personas encuentran una precaria y colonial alternativa en el trabajo de cuidados remunerado (si bien devaluado y racializado) de mujeres migrantes pero ¿quién cuida a las y les que cuidan? Este escenario mundial atravesado por cadenas globales de trabajo reproductivo que ha venido a llamarse “crisis de cuidados” pone de manifiesto cada día que la privatización del amor no está funcionando. Confinar el acceso de una persona a los cuidados a la esfera íntima del amor familiar es, en el mejor de los casos una carestía del apoyo mutuo y, en el peor de ellos, una muerte lenta para quienes no encajan en la célula-celda doméstica que se les ha asignado. 

Entonces ¿cuál es el deseo navideño de las marxistas queer? Ninguno otro que la infame proposición de les comunistas, superar esta organización opresiva de los cuidados, que la asistencia afectiva que hoy es privada sea comunizada. Queremos que la postal familiar navideña dé lugar a una olla común de todo el pueblo. Por lo pronto, me gustaría que las próximas fiestas todas las repudiadas de la normalidad nuclear creemos otras piezas culturales alternativas. En este nuevo corto, propongo, una mayora queer podría encontrar cobijo a la soledad impuesta por el capital a través del afecto y la ternura de sus camaradas degeneradas, quienes no tenían donde pasar la nochebuena. En vez de acabar con un brindis de whiskey JB, esta cena navideña podría hacerlo con una larga sobremesa trans/generacional (recordad estas fiestas: la mesa de les peques es un territorio político), conspirando juntes el siguiente golpe del proletariado contra todas las cadenas.

Movilicemos, pues, en todos los frentes nuestro deseo desviado y comunista (valga la redundancia) por unos parentescos ignotos. Quién sabe si, en un mundo en el que desobedecer a la norma no implique el peligro de nuestra subsistencia, el abuelo decidirá que se ve guapísimo con esa sombra de ojos y pintalabios que en un principio solo se puso por su nieta (no a partir de una esencia preexistente sino como consecuencia del desarrollo de la individualidad plena que, Marx advertía, solo será posible en el comunismo). Entonces habrá sucedido la verdadera magia, el día en que hayamos abolido la maldición de la familia.

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